Un extracto de María Esperanza Ortega en El Norte de Castilla, titulada "A favor de los malos profesores"
Aquel día llegó demudado, se sentó y nos dijo que se había muerto su mujer y que hijo menor aún no lo sabía. Se tapó la cara con las manos y así estuvo casi la hora entera. Ni un murmullo. Queríamos consolarle pero no se nos ocurría nada. Tocó el timbre y fue hacia la puerta. Antes de salir, se volvió y nos dijo: “Gracias. Les agradezco de corazón su silencio. Gracias”. Al día siguiente nos anunció que, como se sentía sin fuerzas, explicaría Historia de la Filosofía, como hacen los buenos profesores.
En dos meses terminamos el programa. Acostumbrados a su mayéutica desconcertante, nos dábamos una maña especial para entender los textos filosóficos. Pero si es el profesor al que recuerdo con más gratitud es porque yo era una mala estudiante y él fue el único en darme una matrícula de honor. Cuando me lo encontré solo en el pasillo interrumpí su charla para expresarle mi asombro. Lo que más me extrañaba es que, durante el curso, no había pasado de notable. A los que se merecen la matrícula les bajo la nota, me contestó.